Aprovecho el mes de la concienciación del Daño Cerebral para iniciar una serie de entradas en torno a los cambios cognitivos, emocionales y conductuales (también llamados síntomas psiquiátricos) con los que deben lidiar las personas que sufren un daño cerebral, de cualquier tipo y gravedad.

El sistema está muy bien preparado para abordar la fase aguda del trauma y mantener a las personas con vida contra todo pronóstico. Las consecuencias sobre la movilidad o las alteraciones en el habla se detectan enseguida, y su tratamiento se contempla en los programas de rehabilitación.

Pero, pasados los primeros meses, y superadas con suerte y mucho esfuerzo todas estas barreras, de forma casi invariable las personas que han sufrido un daño cerebral notan que les cuesta más mantener la atención y procesar la información, que se irritan con facilidad y sufren cambios bruscos de humor, etc; chocando con una realidad que les presume recuperación, y no entiende de esos cambios “que no se ven” pero dificultan la vuelta al funcionamiento “normal” (relaciones, trabajo…). La frustración y los sentimientos encontrados (rabia, reproche, culpa…) están entonces garantizados, tanto para la persona que ha sufrido el daño, como para sus familiares.

Creo que os habré convencido.. Hagamos visibles todas las consecuencias del daño cerebral; sólo así podremos facilitar la comprensión de la nueva situación a las personas que sufren daño cerebral y a sus familias y podremos planificar las mejores estrategias de abordaje.

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